Lunes, 18 de Febrero de 2002 00:00
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Manual de infidelidades
Es mucho el amor y las palabras me evaden en busca de un sentido:
Salir a la calle y mirar las nubes, mientras la lluvia se vierte casi imperceptible a mi alrededor, pintando de gris alguna tarde ya de por sí demasiado turbia ante mis pasos. Beber un café que no lleva el sello rotundo de sus manos, ni la cantidad precisa de azúcar que sólo su cariño permite diferente y exacta. Dormir simulando el espacio de su cuerpo con una almohada y tener la esperanza absurda de soñar toda la noche con sus brazos, y cómo dulcemente me ciñen y me abrazan...
Es mucho el amor y las imágenes me roban cualquier significado:
Las incontables carreteras y el viento silbando detrás de la lámina del auto y los cristales —tan irreal como el murmullo amoroso que flota después de la pasión y antes del sueño—, la niebla con su poder evocador y evanescente —donde tu figura podría significarlo todo y no ser más que un fantasma—, el eco de pisadas contra el pavimento de una calle familiar —y tú, inesperada, con tu silueta cercana al umbral y casi a contraluz de una ventana—, y tu voz temblorosa, entusiasmada...
Todo esto siempre es poco para nombrar el amor, y muy apenas, y si acaso, sirve para decir su magnitud en una escala desconocida, inexacta y quizás hasta olvidada.
Lunes, 18 de Febrero de 2002 00:00
Alejandro Malo
Manual de infidelidades
Me he educado, desde muy joven, en las distancias. Unas veces se miden con la exactitud de un odómetro y otras, con la angustia hiriente de abismos cercados por montañas. Son la silueta de un horizonte urbano que se desvanece, como una sonrisa de mujer en el retrovisor de un auto, o es la nostalgia por un portal que te recibe en cada ocasión con la misma familiaridad de unos labios amantes: un día simplemente te descubres tratando de adivinar el rincón donde se oculta tu alma.
Existen distancias breves como el filo de un bisturí, otras como estrella fugaz que desciende a su destino de convulsión y cráter, y algunas más, incomprensibles, donde palpita el corazón de las galaxias. Y en este momento desgraciado cuando me duelen los cielos marinos que ahora alimentan lejanías, me pregunto: ¿acaso es tu amor el puerto donde siempre volverá mi barca? ¿Acaso tu brisa dará un alivio a mi antología de historias calcinadas? ¿O es esta fe sólo otra manera de inventarme el calorcillo que la sangre extraña?
Si te nombro mi puerto, regresa hasta mí el malecón de una niñez que todavía me hiere y tal vez aún no se marcha. Si reclamo tu presencia de mar, alejarme de ti —sin esperanza de retorno— es recorrer con pies desnudos un sendero anfibio de sal y de navajas. Si te bautizo “arena”, tu ausencia tiene cristales de arrecife que se abren paso desde la piel a las entrañas.
Pero si no fueras mi puerto, si no tuvieras la vocación de mar que pudiese calmar mi angustia ni la suavidad de arena para ocultar mi alma, si entre la luz de tu faro y mi esperanza torpe se interpusiera alguna forma insalvable de distancia, sólo déjame soñar un poco más contigo, y de vez en cuando llévame a dormir sobre tu playa.
Jueves, 31 de Enero de 2002 00:00
Alejandro Malo
Libro de la poética y otros accidentes
I (I-2002)Cuando te encuentras demasiado lejos y la añoranza no perdona, todo se transforma en excusa, de algún modo, para evocar tu cuerpo.
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Miércoles, 30 de Enero de 2002 00:00
Alejandro Malo
Manual de infidelidades
Camino por senderos que desconozco. Sin necesidad, alguna noche salí a la calle para detener un taxi que no atravesó esa madrugada, mientras en mi habitación flotaba un deseo que más tarde me impediría dormir. Las avenidas me han llevado por rumbos ajenos, pero con la esperanza trémula y silenciosa en la punta de mis dedos; y las carreteras me han hecho agotar los recuerdos con la piel encendida y húmeda bajo la lluvia, en tanto un aroma de tierra mojada renacía en mi cerebro.
He dicho adiós a los cielos azules, y los he cambiado por recámaras empenumbradas donde pasé momentos sin duda memorables, aun con el riesgo de añadir otro ladrillo a la pared de este inagotable laberinto. Y otras veces he sentido el hechizo de los bosques, o el temor visceral a ser víctima de su emboscada, cuando la premura me exigía llegar a la ciudad muy pronto. Aún más, renuncié en muchas ocasiones a la fácil tranquilidad del sueño por explorar los territorios que se ofrecían a mis ojos algunas madrugadas: el mar espumoso por único horizonte, una banca en algún lugar de alguna foto, o cierto curva de un rostro enmarcado por cierto cabello bajo una medialuz peculiar.
Tal vez es que nací con corazón de perro vagabundo y conozco valles, praderas y montañas por su nombre, o quizá mis ojos se acostumbraron a imaginar el mundo desde el trapecio del barco y a través de la distancia, mientras el viento susurra que cada momento y cada nueva tierra tendrán para mí brazos de laberinto. Y ésa es mi salvación, y ésa es mi condena.
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Miércoles, 30 de Enero de 2002 00:00
Alejandro Malo
Manual de infidelidades
Otra vez entre el fango y con un ala herida, me preguntó: ¿cuál estrella tiene el nombre de mi libertad, o qué nube me oculta el ideograma secreto de mi esperanza? No me sirve este plumaje para compartir el vuelo, ni me sirve de nada la inmensidad del horizonte cuando el invierno arrecia. Las aves que vuelan a mi alrededor me miran con ojos de sorpresa y me adivinan quizá demasiado ajeno para ser de su parvada. ¿Estoy solo? No sé, prescindo de cualquier pena y cualquier gloria, e intento sacudirme el lodo del plumaje y levantar el vuelo. Y nada pasa, y todo queda atrapado en este costillar doliente.
Pero no puedo negar mi vida de rescoldo, a medio camino entre el fuego y la ceniza, con un corazón de estrella fugaz que palpita sobre un cielo obscuro, casi inexistente. ¿O es que hay un cielo para mí y dejó de existir un infierno con mi nombre? La brisa que hace renacer el calor en mí, es la misma razón que me consume. Pero tampoco puedo negar mi vocación de faro en la tormenta, con el mismo cintilar trémulo de una luciérnaga cuando la lluvia se avecina, ni consigo hacer de éste, mi puerto, un lugar seguro donde puedan atracar algunas barcas. ¿O es que no hay puerto y mi brillo es sólo una advertencia contra los escollos?
Por una vez he intentado mantener el vuelo, y caigo. Las estrellas se mofan de mi excesiva vanidad y del amor que les profeso. Por una vez he querido poner a mi nombre un rincón del universo, y de pronto me encuentro sin testigos; pero se acercan unas pisadas que creo reconocer. ¿Puede ser alguien que regresa a firmar junto a mi nombre?
Lunes, 21 de Enero de 2002 00:00
Alejandro Malo
Manual de infidelidades
Cuando queda aún mucho por decir y no lo digo, cuando quisiera dormir y entre las venas siento correr sangre de lava, cuando el reloj infame descuenta mis minutos en una liquidación de fin de temporada y el tiempo pasa con pies de plomo y cae, irremediable, como una lápida; sé que voy camino a los silencios.
Y es que cada silencio tiene su propio mapa: los hay que van al sur y flotan en las pausas de una lengua salpicada de lunfardo, y cargan una tristeza de fuego vegetal sobre una plaza, mientras las minas explotan en un verano de pasiones encendidas; los hay que van al este, más allá del mar, y se trasnochan entre una voz euskera y un adeu e fins aviat que saben a nostalgia, sobre todo en estas horas que hasta las monedas pierden el rostro y las fronteras se desdibujan bajo la lógica del debe y del haber; los hay que se imponen sobre inmensos territorios durante las madrugadas de pinturas íntimas, cuando se adormecen los ritmos de samba y bossa nova, y la linterna de los afiebrados brilla al final de una noche larga y una vida corta; los hay en este norte con un dios inmisericorde y mercenario donde todos somos piezas de un ajedrez de hormigas y a veces, muy apenas, entra el calor de una amistad y tiembla sobre la línea telefónica, o cintila entre las letras de un correo electrónico, para así disolver tanta distancia; los hay que traen un aroma salobre de malecón y brisa de mar, contra un horizonte donde el sol relumbra entre ola y ola, o los hay andinos, cortos de aire en los pulmones y cercanos a un cielo estremecedor de tan puro, o los hay de selva tropical y saqueados de piña y de banana, o de petróleo y minerales; y los hay, y los sigue habiendo...
Y por último está este silencio aquí, que cuando queda demasiado por decir y no consigo hacerlo, viene a mi lado, pide alguna palabra y me desgarra.
Lunes, 14 de Enero de 2002 00:00
Alejandro Malo
Manual de infidelidades
Es muy tarde para volver sobre mis pasos: he sido feliz en demasiadas tierras y la añoranza me invade desde el recuerdo de los lugares que nunca serán los mismos cuando regrese: el mar, el siempre mar donde he vuelto a ser el pez que muere por su boca entre un bosque de troncos descarnados y vencidos, mientras las gaviotas recorren un horizonte robado de la infancia; el pueblo de las muchas iglesias donde me ha asaltado una renacida adolescencia entre las lomas olorosas a tierra mojada y bajo una lluvia inmisericorde, pero acogedora tras los cristales y al cobijo de algún techo.
En las calles de los primeros escarceos amorosos —cuando el deseo excedía las posibilidades de intimidad disponibles y la piel se saciaba sólo en algo que parecía una combustión espontánea con otra piel— aún encuentro, tras mucho tiempo, al recorrerlas por casualidad, una aura inmaterial donde ahora la angustia puede ser la contracara de ese fuego que me encendió alguna vez al tope de intensidad, como una descarga eléctrica o el latigazo de una esclavitud bien merecida.
Y sin embargo, aunque es muy tarde y a veces sin quererlo, vuelvo sobre mis pasos a esos rincones que remedan los inagotables rincones de la memoria. Y regreso, tratando de arrebatar nuevos recuerdos a esas escenografías demasiado valiosas para echar sin más en el olvido. Y recorro hacia atrás la estela de mis pisadas, como el cometa que el viento deja caer y alguna mano —mitad fatalidad y mitad salvación— lleva a descansar, por algún tiempo, sobre la arena tibia.
Martes, 18 de Diciembre de 2001 00:00
Alejandro Malo
Manual de infidelidades
Hay quienes llevan su soledad como una maldición inmemorial de tan antigua, o como una enfermedad congénita. Es la casa que el caracol arrastra sobre sus espaldas, la herida envenenada de un triste Tristán cualquiera, la locura que cada Quijote contemporáneo cobija, sin Cervantes que lo ampare, bajo su transparente yelmo de Mambrino y pasea al paso cansado de algún Rocinante de hojalata. Y es, también, esa selva obscura al mezzo del cammin di nostra vita que nos hace dar pasos por el cielo, el purgatorio y los infiernos —que cada uno espera compartir con la Francesca de Rimini del día, u olvidar bajo la luz de una Beatrice menos etérea y más carnal.
Pero hay, cómo decirlo, quienes además arrastran soledades con nombre y apellido. Yo, en lo personal y durante días como éste, siempre cargo al menos una, en el bolsillo, que me ataca con destiempos, como un reloj, y me borra las manecillas de muchas madrugadas a puro golpe de insomnio y de recuerdos. Es la princesa oculta de mis cuentos privados y, en muchas ocasiones, públicamente inconfesables; y es el verso a verso de tantos poemas escritos, desescritos, robados y olvidados; y el rostro fantasmal que dibuja el humo de mis cigarrillos contra la obscuridad de un cielo sin luna, sin luces y sin norte; y el vigilante que interrumpe, haciéndolo incómodo, el lapso de intimidad cuando el enamoramiento se iba asentando sobre mi cuerpo y echaba raíces por la corteza cerebral.
En estos momentos en que sólo quisiera decir: “También me haces falta” y “Te extraño más de lo que imaginarías, y de lo que yo habría imaginado”. Ahora que desearía tenerla bajo el sol —que aquí se esconde todo el día— y entre mis brazos. En este absurdo instante que su cercanía me heredó esta soledad que me llevará, sin duda alguna, de regreso y de la mano hasta su mano, le mando un beso y un abrazo, con toda la pasión que tanta falta me está haciendo.
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