Jueves, 18 de Octubre de 2001 00:00
Alejandro Malo
Manual de infidelidades
Ciertos instantes, bajo el cielo nocturno, siento tener más piel que vida y la cama me parece un triste cuadrilátero donde limitar esa lucha de amor y sueños. Vuelvo a ser el muchacho inconforme que salía a mirar estrellas y repasaba líneas por escribir en las cuales creía encontrar a la poesía como indicios de una mujer quizás oculta, tal vez sólo deseada tiernamente. Recorro de nuevo, en la memoria, los campos florecidos bajo un sol inmisericorde y recuerdo una luminosidad que me inventó ojos nuevos. Libo de unos labios en flor y me crecen sentidos inéditos desde la punta de los dedos hasta los muslos, o siento unas uñas que dibujan sobre mi cuerpo los límites de la pasión, y lo trascienden. En esos instantes el descanso me niega su consuelo y las cosas más inocentes, de suceder, se transformarían en abismos de deseo: si una mirada cayera sobre un cuerpo, se incendiaría la ciudad alrededor y se desvanecería el resto del mundo; si una caricia se aventurara debajo de una mesa, cualquier muralla podría desaparecer y las puertas perderían sentido; si unos labios recorrieran el camino adecuado sobre unos pechos, un corazón empezaría a golpear paredes y la lujuria estremecería los cimientos de una casa; si dos cuerpos se confundieran de pie, bajo una lluvia artificial o natural, quizás se detendría el tiempo y los relojes exhibirían un rostro absurdo; si palpitara un cuerpo que se olvidó de que eran dos, flotarían alrededor sin importar ya nada la sed y el caos, esperanza, pasados casi inexistentes, futuros alternativos, el mar, montañas, autos, trenes, alcohol y cigarrillos, un horizonte inabarcable, un balanceo de palmeras, unos ojos renacidos, unos oídos recién estrenados, un planeta, su luna, de nuevo las estrellas, tal vez lo que llamamos el universo entero... Por eso, para quienes no duermen por las noches y escuchan el pulso de la ciudad como una bestia moribunda, para quienes apagan el televisor y encienden la mirada frente a su pareja cobijada por una semidesnudez cachonda, para quienes tejen ficción y realidad con caricias bajo una sábana que apenas les cubre el cuerpo, para quienes una voz les significa fantasías y los besos señales con las cuales marcar un campo de batallas por ganar, para quienes se saben cómplices de una forma sensual de mirar el mundo y se entregan a los sentidos mientras los otros duermen, para quienes se abisman por completo y le dan la cara a su deseo, dedico este insomnio y estas letras.
Miércoles, 10 de Octubre de 2001 00:00
Alejandro Malo
Manual de infidelidades
La otra noche me quedé mirando a la luna reflejada sobre el mar, con la esperanza absurda de que la espuma la trajera hasta la playa en un vaivén de olas. Pero al paso de los minutos me reconocí traicionado y entendí la tristeza bestial de lobos y coyotes cuando la miran ya demasiado lejos, y alejándose.
Después de un rato, la luna cayó sobre el horizonte y, unida a su reflejo, evocó unos senos de mujer ceñidos por una blusa blanca y unas manos de nube. Y mientras, recostado, me adormecía con ese doble paisaje, se despertó un amor enloquecido y echo a andar, cobijado por los murmullos sucesivos de la brisa y el oleaje.
Luego, hace un tiempo —no mucho, pero casi siempre me parece siglos—, cerré los ojos tal vez sólo por un segundo y vi las amplias avenidas de una ciudad que creí reconocer. Era de madrugada y con seguridad mis pasos se extraviaban al compás de otros pasos, un poco menos torpes y sin duda femeninos. Y en esa nebulosidad cuando aún no lograba adivinar si las pisadas dibujaban una despedida o un nuevo encuentro, saltó un amor al paso cebra y se marchó, quizás enceguecido por las luces de neón y el alumbrado público.
Quienquiera que seas, si por accidente lees estas líneas que escribí también por accidente, si ya has andado por esa caricatura de uno mismo que es vocear un afecto como a un ladrón y alguna vez te acercas hasta alguno de esos mares —ya sea donde brillen luces de neón o pedazos de espuma lunariega—; observa y dime si ves las fosforescencias de uno de estos amores buscando su camino hacia ese corazón que lo reconozca, tal como hacen algunas cajas inútiles de cartón con sus propios vagabundos.
Miércoles, 10 de Octubre de 2001 00:00
Alejandro Malo
Manual de infidelidades
Por principio, procuro amar una mujer distinta cada día. Algunas veces desnudo a la de turno, poco a poco, del cuello para abajo; otras veces de la mirada hacia su horizonte interno. Ciertos días la distancia se interpone y no tengo más remedio que soñar despierto con su silueta a contraluz, o con la cartografía memorizada de su cuerpo. En otras ocasiones, el humo de un cigarrillo desdibuja sus facciones y, por qué no, su ropa al otro lado de una conversación cualquiera, o la encuentro detrás de mis párpados y me invita a hacerle el amor la noche entera.
Que la sociedad considere otorgarme puntos extra porque esas mujeres que amo lleven, a final de cuentas, el mismo nombre y usen el mismo carné de identidad, o que a algunos conocidos pueda parecerles más meritorio que exhiba diferentes nombres como quien lleva una lista de compras al mercado, es un accidente o es, en el mejor de los casos, un recetario íntimo, y no garantizado, para la felicidad.
Por eso, me llenan de tristeza las mujeres que deciden amar a un hombre y de pronto, al pasar del tiempo, se descubren viviendo con un extraño al que toleran por costumbre, pero al que no pueden amar a pesar de mil esfuerzos. Y me parece una torpeza, como hombre, amar a perpetuidad a esa mujer vestida de blanco que únicamente sobrevive en las fotos de boda, y olvidarse de mirar con el mismo amor a las otras que llegaron después de ésa y empezaron a aparecer desde el momento justo en que la luna de miel era apenas una promesa, o un proyecto.
Por hoy sólo me queda, desde la soledad, mandarle un beso a cada una de esas mujeres que me han recibido en un rincón del tiempo: la que vive con ansiedad por saberme a su lado, la que acunó mi noche previa a esta soledad, la que me llevó desde la tarde a la mañana de una ciudad que me era ajena, la que me espera a muchos kilómetros de aquí, la que ha decidido tolerarme mis torpezas, la que una tarde decidió tomarse esa foto de boda conmigo... en fin, un beso y punto.
Miércoles, 26 de Septiembre de 2001 00:00
Alejandro Malo
Manual de infidelidades
Ésta es una de esas noches en que las palabras se me agotaron en la relectura de viejos textos y en conversaciones donde rememoré anécdotas casi olvidadas. Sin embargo, al filo de la madrugada me asalta el desasosiego en un puñado de ellas, desempolvadas por azar, y vueltas a la vida. Y de pronto pienso: “hace frío y llueve.” Y en el sentido de esa frase flota un cuerpo de mujer con quien navegaré esta noche, más tarde, mientras estemos dormidos, por algo que sólo atino a etiquetar como mis sueños.
Pero ésta es una noche, también, en que las palabras me traicionan, como cuando al otro extremo del teléfono se interrumpe el diálogo y ya sólo se adivina un entendimiento más sutil en los sonidos inesperados que nos devuelve la línea telefónica, sean silencios, suspiros o gemidos cargados de expresividad. Y de pronto no me queda más que maldecir esta biblioteca de Babel que vende recetas para decir “te quiero” y nos roba la inocencia de cerrar los ojos, respirar profundo y dibujar sobre el aire el rostro aprendido en la esperanza de un futuro común, y desear que eso lo signifique todo...
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Martes, 18 de Septiembre de 2001 00:00
Alejandro Malo
Manual de infidelidades
En esta noche sin luna en que las ausencias tejen recuerdos tan punzantes como el filo de un bisturí, miro el cielo e imagino, a través del humo de tabaco, que vuelven. Puede ser de los patios de la infancia o desde esa tarde soleada, sin duda, del primer amor, o por entre la sorpresa casi olvidada de alguna primera vez; pero vuelven. Viven en la memoria de una forma que no les arrebata la vida que tuvieron ni la autonomía en que se ejercitaban y que, ahora, resulta inmisericorde ante el fantasmagórico trasluz de cada ausencia.
En un descuido, y poco a poco, se pueden colar por los resquicios de la alegría y envenenar las horas con lo que pudo ser. Igualmente, y en otro tipo de descuido, pueden cultivarnos un corazón monstruoso, una inteligencia abismal, o una sensualidad desbordada por todos los extremos del deseo. La sed lo sabe: en aquellas tardes calurosas en que no se satisface con el correr de agua por la garganta, descubre ausencias innombrables, como el oculto nombre de un Dios que quizás ha muerto. Y es entonces que el desamparo extiende sus raíces y la soledad existencial nos atrapa en algo que no es sino cielo a la vez que infierno.
Pero hay ausencias subversivas, ausencias que se resisten a morir en los confines de aquello que les inventó un espacio, un tiempo, y todos sus momentos. Se nos clavan, como lanza, por el costado izquierdo y se nutren de la sangre y la piel que creíamos nuestro cuerpo. Y de pronto, en una noche sin luna, como ésta, descubrimos, en una pincelada final, que nuestro rostro dibuja otros rostros, nuestros pies avanzan otros pasos y nuestras palabras responden sus silencios.
Martes, 11 de Septiembre de 2001 00:00
Alejandro Malo
Manual de infidelidades
Sin prisa, pero sin pausa, imagino otras vidas y me invento sueños. Recorro, con nostalgia, muchos sitios todavía desconocidos y algunos, peor aún, ya inexistentes. Escucho trenes demasiado lejanos traquetear en la memoria que, hoy por hoy, quizá los sabe ajenos, y a veces me miro mirar, desde algún auto, los caminos que conducen a mares incógnitos donde adivino a una mujer avanzando entre las olas o recostada sobre la arena. Y algunas noches, cierro los ojos agobiado por el calor y casi puedo aspirar, en la esperanza, el aroma de bosques entre montañas nevadas que le han negado su blancura limpia a mi existencia, o me sorprendo con el crepitar irreal de unos leños al abrigo de cabañas donde murmura fríamente el viento.
Porque hay un no sé qué que trae el aire al bajar de las cimas, o la brisa al subir por las laderas, que me insisten sobre otras vidas y diferentes sueños, donde viven pasiones por consumar y desencuentros ante los cuales sucumbir, donde vive el músico que no fui y que seduciría la noche en un cuerpo de mujer, al calor musical de un saxofón lánguido o al ritmo insistente de un piano de burdel en la distancia; donde muere, también, el escultor o pintor que no tuve la vocación de ser y que agotaría la mirada en desnudeces cachondas y en curvaturas cargadas de sensualidad.
Y así, de nuevo sin prisa, pero sin pausa, tomo una pieza de aire y sueños cada día, la acomodo en un rompecabezas que descubro cada vez más extenso e imagino todas las vidas que no tendré, aun cuando he tenido tal vez ya demasiadas en ésta, aún tan breve. Dedico demasiadas noches a escuchar con atención los murmullos del viento e interpretar sus caricias como la recreación de otras caricias robadas a personajes ausentes, pero sin duda apasionados. Y a veces, cuando se acerca la madrugada, descubro que la brisa se planta sobre mis labios con la calidez de un beso inmerecido, y casi logro adivinar la impaciencia de esos otros labios que lo entregaron, sin coartadas, a un sueño distante.
Martes, 04 de Septiembre de 2001 00:00
Alejandro Malo
Manual de infidelidades
De un tiempo a esta parte me descubro imaginando el mar, casi sin motivo. Lo pienso como un inmenso puente entre orillas distantes, entre sueños y esperanzas coincidentes. Miro los ríos y los adivino brazos que el mar extiende para encontrarnos, para unirnos por medio de una red más antigua y vital que cualquiera inventada por la tecnología. Sé que alguien, en algún lugar del mundo, piensa en otros países, en playas desconocidas, en caminos que conducen al mar y suspira con la misma sed de horizontes agotados.
De un tiempo a esta parte tengo ojos nuevos, y descreo de las bondades de mi tierra y de mi patria, aunque las amo. Este horizonte casi norteamericano me resulta gris y descompuesto. Y aunque demasiado bien conozco que no existen mejores horizontes, sino mayores deseos y esperanzas menos desgastadas, dejo a este corazón gitano soñar con otra tierra y otra patria, en una orilla distinta del mar, donde quizá se encuentren bosques nuevos y campos de flores que puedan darle cuerpo a un ensueño, aunque sea sólo por momentos.
De un tiempo a esta parte, en fin, disfruto cada día con la certeza de que es siempre una espera. Tal vez sean los brazos del mar o los horizontes inabarcables que se abrirán ante mí y aprenderé a amar como una gracia inmerecida; tal vez sea un largo camino de retorno a todas las cosas que sabré amar mejor cada vez que regrese y, con suerte, seguirán aquí. Quizá después todos los senderos me devuelvan a este rincón del mundo, sólo un poco más sabio, y un poco más viejo; pero sin duda con una sed no satisfecha de horizontes ni mares.
Y entonces, sólo entonces, me sabré cómplice de aquellos que han imaginado el mar y han sido infieles a sus propios horizontes algún día, en algún momento, desde cualquier rincón del mundo.
Lunes, 23 de Julio de 2001 00:00
Alejandro Malo
Manual de infidelidades
La serpiente muere cuando no puede cambiar de piel. Del mismo modo, los espíritus a quienes se les impide cambiar de opiniones dejan de ser espíritus. — Nietzche (Aurora, 573) Soy Alejandro, he sido infiel, me han sido infiel y he provocado infidelidades. Poco tiene que ver esa pobre apreciación de la exclusividad sexual que tanto se ha discutido, aunque también pudiera tomarla en cuenta. Y estas líneas, escritas con premura, son una humilde bandera y no una apología de arrepentimientos.
Le he sido infiel a más de un sueño, una mujer o algún amigo. El existencialismo humanista (mi gran amor de la filosofía) me ha encontrado en la cama con un positivismo casi darwinista, y la Iglesia Católica me ha visto salir en fuga descaradamente con el Tao. De fútbol, quienes me conocen lo saben, soy incapaz de infidelidades porque carezco de pasiones deportivas; si acaso, veo los deportes con la misma fascinación de un entomólogo de academia descubre un escarabajo bajo los rayos del sol al fondo del jardín. Jaime Sabines, con toda su mexicana chabacanería, se sabe traicionado con Debravo, Borges, Vallejo, Girondo y una lista que podría hacer interminable, igual de interminable que la fila de narradores que en algún momento han desfilado por mi biblioteca, como un desfile de prostitutas en un burdel de lujo.
Me ha sido infiel, antes que nadie, la poesía. Dolorosamente infiel, estérilmente infiel; así, sin más explicación ni aviso (pero a veces, casi sin quererlo, la he reconquistado con una pasión que me era desconocida). La infancia me dejó cuando aún no estaba listo para seducir mi adolescencia y se marchó con los zapatos del colegio y los recreos. El sol me fue infiel una madrugada que lo aguardé frente a la costa del Pacífico (ahora sé bien que fue un error) y salió por las montañas. México y Costa Rica me han llevado hasta la puerta, y me mostraron la salida; y al menos España, por no llevar mi ambición a decir Iberoamérica, me ha dejado con las maletas casi hechas y un par de esperanzas bajo el brazo.
Por último, he provocado infidelidades, casi tantas que por ello, y como concesión previa a algún Savonarola de bolsillo, merezco un infierno aparte. He provocado infidelidades ideológicas (que perdonen los partidos) y estéticas (que perdone el santo marketing). A las vocaciones sólidas, a las ideas inamovibles, a las intolerancias, a las críticas sacadas de la manga, a los personajes incuestionables, a los libros de cabecera, al dinero y a un sin fin de cosas que, si debiera hacerlo de nuevo, no dudaría en arrebatarles una alma demasiado entusiasta y falta de perspectiva. Y por ello que perdonen.
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