cual murmullo lejano donde el viento
arropa nuestra infancia. Un violento
recuerdo precipita la sonrisa
y nos brilla en los ojos la insumisa
esperanza de hallar el sedimento
de los sueños pasados. El aliento
se escapa tras el vidrio y la cornisa
atrapa los primeros lagrimones
que derrama la lluvia. Las canciones
del agua al puntear el empedrado
nos deja en los labios la sospecha
de otro tiempo mejor, y alguna estrecha
vereda nos conduce hacia el pasado.
Fuimos otros, felices, en la infancia
y no vuelven las aguas por el río;
pero queda agotar el desafío
de inventar, entre cada trashumancia,
las flores que guarden la fragancia
en las hojas de un libro, el tardío
rosedal que se yerga en el baldío
o la postrera luz en la distancia.
Sin duda somos otros, y las fraguas
del tiempo nos consumen. Por las aguas
de un caudal infinito va la prisa
de un reloj insalvable, y su asedio
nos vuelve, si acaso y sin remedio,
hojas que danzan y se tornan risa.
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