En vano ensayaríamos una voz que les recuerde algo a los hombres, alma mía que no tuviste a quien heredar
—Alfonso Reyes
Volví a la tierra de Sennaar, de la que se vio forzado a huir mi padre. La ciudad era un laberinto de ladrillos y betún, y las ruinas de su torre principal crecían contra el horizonte conforme me acercaba. La casa de mi abuelo se debía encontrar próxima a la torre, un centenar de pasos hacia el Oriente. Un antiguo servidor de la familia estaría esperándome.




















